¿Quién es como el sabio? ¿Quién sabe destrabar un problema cuando todos empujan en direcciones opuestas?
La sabiduría le enciende la cara a una persona y le suaviza la dureza del gesto.
Yo digo: respeta la autoridad —las leyes, los compromisos que juraste—.
No salgas huyendo con rabia ni te alistes a respaldar lo torcido: el poder tiene inercia y sus palabras pesan; no siempre admite el “¿qué estás haciendo?”.
Quien guarda los mandatos suele evitarse golpes,
y el corazón del sabio reconoce el momento y el modo.
Porque para casi todo hay tiempo y procedimiento, aunque los problemas humanos se amontonen.
Nadie sabe lo que vendrá, ni el cómo de lo que viene.
Ningún humano manda sobre su aliento, ni sobre el día de su muerte.
Como al soldado en guerra, no le conceden permiso para desertar;
y la maldad no suelta fácilmente a quien la sirve.
Todo eso vi y le di vueltas: la historia entera de “el hombre dominando al hombre para su daño”.
Vi funerales de malvados que entraban y salían de lugares sagrados;
los enterraban… y pronto la ciudad olvidaba su rastro. Vapor también eso.
Como la sentencia contra el mal no cae de inmediato,
el corazón se envalentona para delinquir.
Puede el pecador repetir su jugada cien veces y aun vivir largo,
pero sé que al que reverencia a Dios le irá bien, porque vive de cara a lo real.
Al malvado no le irá bien: su vida es una sombra que no se alarga, porque no reverencia.
Hay un sinsentido que pesa: justos tratados como culpables,
culpables tratados como justos. También eso es vapor.
Así que vuelvo a recomendar la alegría sobria:
bajo el sol no hay nada mejor que comer, beber y alegrarse;
que esto acompañe a cada uno en su trabajo durante los días que Dios concede.
Me apliqué a comprender, a observar todas las faenas de la tierra,
y hasta pasé noches en vela.
Concluí: las obras de Dios nos superan; el conjunto no cabe en nuestras manos.
Por más que lo intentemos, no lo abarcamos.
Aunque alguien diga “ya lo sé todo”, en realidad no puede comprenderlo.
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