Unas moscas muertas arruinan el perfume del perfumista;
así, un poco de necedad pesa más que mucha sabiduría y prestigio.
El corazón del sabio lo orienta por buen camino;
el del insensato lo descarrila.
Vaya por donde vaya, el necio hace pública su falta de juicio:
camina y va anunciando que es necio.
Si la furia de un gobernante arde contra ti, no abandones tu puesto:
la calma desactiva grandes errores.
He visto un desorden bajo el sol, un clásico del poder:
asientos altos para tontos,
puestos bajos para la gente competente.
Siervos a caballo; príncipes a pie, como siervos.
Quien cava un hoyo puede caer en él;
quien derriba un muro puede ser mordido por la serpiente.
El que extrae piedra se hiere con ella;
el que parte troncos se expone al golpe.
Si el hacha perdió filo y nadie la afila, hará falta mucho brazo:
la sabiduría afila y hace que el trabajo salga mejor.
Si la serpiente muerde antes de ser encantada,
de poco sirve el arte del encantador que llega tarde.
Las palabras del sabio ganan favor;
los labios del necio son su ruina.
Empieza hablando tonterías
y termina en locura trágica;
aun así, no deja de hablar.
El ser humano no sabe lo que vendrá:
¿quién puede decirle qué ocurrirá después de él?
El necio se agota con su trajín
y ni siquiera encuentra el camino a la ciudad.
¡Ay del país cuyo rey es un muchacho
y cuyos príncipes banquetean por la mañana!
Dichoso el país cuyo rey es de buena cuna —bien formado—
y cuyos príncipes comen a su hora para recuperar fuerzas,
no para emborracharse.
La pereza deja caer las vigas;
las manos ociosas traen goteras.
El pan alegra la vida y el vino la hace amable,
y el dinero cubre las necesidades.
No maldigas al rey ni en tu pensamiento,
ni al rico en tu cuarto:
los muros oyen, los pájaros hablan —hay filtros, micrófonos, pantallas—,
y un “pajarito” puede llevar tu voz más lejos de lo que imaginas.
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