Suelta tu pan sobre las aguas —da, invierte, comparte sin garantías—
que con el tiempo volverá a ti de formas que hoy no imaginas.
Reparte en siete, y hasta en ocho: diversifica,
porque no sabes qué sacudida traerá la tierra.
Si las nubes se cargan, lloverá;
si un árbol cae al norte o al sur, ahí se quedará:
hay cosas que son como son.
Quien espera al viento perfecto no siembra;
quien mira demasiado las nubes no cosecha.
Como ignoras cómo toma forma el aliento en los huesos del niño en el vientre,
así tampoco conoces la obra del Dios que hace todas las cosas.
Siembra por la mañana y no sueltes la azada al atardecer:
no sabes cuál semilla prenderá —si esta, aquella, o ambas—.
La luz es dulce; es un regalo mirar el sol.
Si vives muchos años, disfrútalos todos;
pero recuerda: habrá días oscuros,
y lo que viene también es vapor.
Joven, goza tu juventud:
que tu corazón se alegre y tus ojos te guíen.
Haz camino… pero sabe que Dios te pedirá cuentas de todo.
Por eso, saca la ansiedad del corazón
y aparta del cuerpo lo que te daña:
la primavera de la vida es breve,
y la juventud, como el rocío, se evapora.
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