Nunca puede haber un hombre tan perdido como alguien que se pierde en los vastos e intrincados corredores de su propia mente solitaria, donde nadie le puede alcanzar y nadie le puede salvar.

Yo soy el Congregador (parte 9/12)

Reflexioné con calma y llegué aquí:
el justo y el sabio —y todo lo que hacen— están en manos de Dios.
No alcanzamos a leer, antes de tiempo, el mapa del amor y del odio: nos preceden, nos sorprenden.

Todos compartimos el mismo destino:
justo y malvado, limpio e impuro, el que ofrenda y el que no;
el que promete y el que se guarda. Todos terminamos en lo mismo.
Y eso angustia: mientras vivimos, el corazón coquetea con la locura… y luego, morimos.

Aun así, mientras hay vida hay esperanza:
más vale perro vivo que león muerto.
Los vivos saben que morirán; los muertos no saben nada, no suman recompensa,
su memoria se diluye. Se apagaron su amor, su odio y sus celos;
ya no participan en lo que se hace bajo el sol.

Así que anda: come con alegría y bebe con corazón festivo,
que Dios ya se ha reconciliado con tus obras.
Que la ropa te quede limpia —como de estreno—,
y no falte aceite en tu cabeza —cuidado, dignidad, perfume de vivir—.
Disfruta de la vida con tu esposa amada
todos los días ligeros que Dios te regala, aunque parezcan vanos:
esa es tu porción en medio del trabajo en que te afanas bajo el sol.
Y todo lo que puedas hacer, hazlo con todas tus fuerzas,
porque en la tumba no hay proyectos, ni planes, ni conocimiento, ni sabiduría:
hacia allí vamos.

He visto otra cosa bajo el sol:
no siempre gana el veloz la carrera, ni el fuerte la batalla;
no siempre comen los sabios, ni se enriquecen los inteligentes,
ni al entendido le sale todo bien. Tiempo y azar visitan a todos.
Nadie sabe su hora: como peces en red o aves en trampa,
así caen los humanos en un mal tiempo que llega de repente.

Y vi una sabiduría que me dejó huella:
una ciudad pequeña, pocos hombres; un rey poderoso la asedia.
Había allí un hombre pobre pero sabio: con su sabiduría salvó la ciudad.
Después, nadie se acordó de él.
Me dije: la sabiduría supera a la fuerza,
pero la sabiduría del pobre se desprecia y sus palabras no se escuchan.

Aun así, valen más las palabras calmadas del sabio
que los gritos del caudillo entre necios.
La sabiduría es mejor que las armas de guerra;
pero basta un solo insensato para estropear mucho bien.

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