Hay historias que parecen escritas para una novela: un hallazgo inesperado bajo los suelos del Alcázar, una diosa egipcia convertida en “ídolo” barroco, una Sevilla entera haciendo cola para verla… y, de pronto, el silencio. Esta es la historia de la Isis de Sevilla, una escultura hoy desaparecida cuya descripción más detallada nos la dejó un testigo privilegiado: Rodrigo Caro. Y, como broche, hoy puedo enseñarte una reconstrucción visual realista hecha con IA, basada punto por punto en las fuentes antiguas.
Un hallazgo bajo el Alcázar (1606): Sevilla descubre a Isis
En 1606, durante unas obras en el Real Alcázar de Sevilla, apareció una pequeña estatua que descolocó a todos: una figura femenina sentada con un niño en el regazo, cubierta de signos “extraños” y tallada en piedra negra durísima. Caro cuenta que él mismo la vio muchas veces y que “la vio toda Sevilla”.
El contexto arqueológico actual hace la escena todavía más sugerente: el Alcázar y su entorno (como el Patio de Banderas) concentran capas superpuestas de la ciudad antigua, y en la cripta recientemente abierta al público se mencionan incluso vestigios de un posible templo dedicado a Isis dentro de ese paisaje romano enterrado.
¿Fue aquella escultura un resto de un espacio de culto? No podemos asegurarlo, pero la coincidencia de lugar y temática es, como mínimo, electrizante.
La descripción más fidedigna: lo que escribió Rodrigo Caro
Aquí es donde la historia se vuelve oro puro. Caro no solo dice que existió: la retrata con una precisión casi “forense”.
Según su relato, la estatua medía “cinco cuartas” y era de “piedra negra durísima”, llamada por anticuarios y artífices “basaltes” (basalto).
Para hacernos una idea del tamaño: una cuarta/palmo se define como una medida antigua “de unos 20 cm” (la cuarta parte de una vara). Cinco cuartas nos ponen en torno al metro de altura aprox.
Caro describe una mujer sentada, con “grave y hermoso rostro”, y un niño pequeño, hermoso y risueño en su regazo. La cabeza de la figura va cubierta “como con una capilla de fraile” que cae por la espalda. Y aquí llega una rareza fascinante: la figura tiene los brazos cruzados, y en el brazo derecho porta un azote.
Más abajo, dice que desde la cintura la figura aparece “metida en una red” y que el cuerpo termina “en punta”, como un rombo. Además, en los laterales del asiento y en la peana había “muchos hieroglíficos y caracteres”: aves, culebras, flores, animales, círculos, y hasta figuras “de cruz y del tau”.
Un último detalle es muy interesante: en el pecho tenía un taladro que atravesaba hasta la espalda, como si hubiese estado encajada en un nicho o pared; y mientras el frente estaba pulido con maestría, por detrás “está la piedra bruta”. Es decir: una imagen pensada para verse de frente, expuesta en un lugar concreto.
¿Qué significaba? Isis en una Sevilla romana abierta al mundo
En el mundo romano, Isis no era “una diosa exótica”: era un culto vivo, urbano y conectado a redes de comercio, puertos y movilidad imperial. La investigación moderna subraya precisamente ese carácter urbano y su difusión en oleadas impulsadas por comerciantes, libertos y representantes imperiales, con especial fuerza en ciudades costeras o de gran circulación.
Si Hispalis era un nodo fluvial y comercial de primer orden, la idea de una Isis “instalada” en la ciudad no es para nada rara y, de hecho, tiene bastante lógica.
El gran misterio: de Sevilla a Italia, y luego… nada
Y entonces ocurrió lo que más duele a cualquier amante de la historia: la estatua se perdió.
Caro cuenta que la escultura fue solicitada por el Conde de Monterrey, quien se la llevó a Madrid; y de allí “pasó a Italia”, con el disgusto de los curiosos sevillanos. A finales del siglo XVIII figura formando parte de la colección de P. Alonso O’Crouley.
A partir de ese punto, la pista se vuelve borrosa: en divulgación local se repite que “se le perdió la pista” y que podría estar en algún lugar de Italia sin identificar. Es una de esas desapariciones que convierten una pieza histórica en leyenda: sabemos cómo era, sabemos que existió, pero no sabemos dónde está.
Por primera vez: así podría haber sido la Isis de Sevilla (reconstrucción con IA)
Y aquí llega lo emocionante. Como no conservamos una fotografía ni un inventario moderno fiable, he hecho lo que antes era imposible: convertir una descripción del siglo XVII en una imagen realista, respetando los rasgos clave (material negro pulido, figura sedente, niño en regazo, capucha, brazos cruzados con azote, inscripción jeroglífica en trono y peana, parte trasera más basta).

Esta imagen no pretende “adivinar” lo que no sabemos; pretende hacer visible lo que las fuentes sí nos dicen. Y, honestamente, ver a Isis “volver” desde las palabras de Rodrigo Caro impresiona: de repente, Sevilla no solo recuerda un hallazgo… lo contempla otra vez.
Quizá algún día aparezca en un almacén, un catálogo antiguo o un museo italiano con etiqueta equivocada. Hasta entonces, la Isis de Sevilla seguirá siendo eso que tanto nos atrae: un objeto real, descrito con precisión… y envuelto en un misterio perfecto.
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