Bajo la luz de la misma estrella

por | 25 febrero, 2018

No podéis ni imaginar lo que yo he sentido. Habéis vivido toda vuestra existencia bajo la luz de la misma estrella, sobre la misma tierra que todos vuestros ancestros. Lo que yo he visto no es parte de nuestro mundo, no está en nuestros genes, no pertenece a nuestros instintos y ni siquiera a nuestra imaginación. La luz que atravesaba mi retina era una luz nueva, diferente y única. Una radiación electromagnética producida en unas reacciones nucleares tan ajenas a nosotros que no podían más que iluminar y dar calor a un mundo absurdamente lejano.

La luz de dicha estrella iluminaba tenuemente en un amanecer con violentos relámpagos de color naranja que estallaban en la estratosfera. El polvo -o lo que fuera- que flotaba en la atmósfera se tornaba azul con cada descarga produciendo un sonido ensordecedor que a veces era demasiado grave pero otras se tornaba en tonos agudos que molestaban mis oídos. Conforme la estrella se elevaba sobre el irregular horizonte los tonos anaranjados se desvanecían y se tornaban en una cegadora luz azul que en pocos minutos sería capaz de fulminar a cualquier ser vivo que viva o haya vivido de naturaleza terráquea.

La visión, exterrenal, única, imponente, mortal, desafiadora y a la vez mágica terminaba para mí y sabía que jamás volvería a contemplarla. Ni yo ni ningún ser humano que vaya a nacer de aquí a que nuestro Sol muera, podrá contemplar un espectáculo como éste. Esa fue mi fortuna pero también mi maldición.

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